Voy camino a casa en un convoy de la limousine anaranjada, frente a mí una muchacha de no más de 35 años, el padre de su hijo de alrededor de 40 y su pequeño de unos 3 ó 4 máximo. El padre va de pie viendo por el cristal de la puerta, un mundo al cuál no sé si pertenezco o ellos pertenezcan al mío, por que realmente no concibo un mundo en el que por lo menos, esa madre y yo coincidamos en uno mismo.
Se acerca un repartidor de propaganda arrojando como es su costumbre, a las manos de los pasajeros, su panfleto.
Uno de ellos por desgracia, cae en manos de la mamá del niño.
Como es natural a esa edad, la curiosidad del pequeño reclama a su madre ver, tocar, conocer la hoja de papel aquella.
A lo cual ella con aires del más de los absolutistas de los poderes, le dice NO. Los chillidos no se hacen esperar y pronto lo estrepitoso inquieta al resto de los pasajeros, pero a quien más más exaspera es a ella misma.
El niño se baja de su asiento y se acerca a ella, trata de arrebatarle la hoja (de la discordia) y ella entre más distancia pone entre la hoja y el niño, más empoderada se siente. Hasta parece que leo su mente, veo cuánto lo disfruta, observo en sus ojos cuánto desprecia al niño, cómo le place hacerlo sentir mal, los berridos aumentan, los chillidos se hacen incesantes y en eso ella se percata de que todos se empiezan a inquietar, al sentirse el foco de atención se siente juzgada, observada, criticada tal vez. Lo cual no hace más que ensañar su mirada directamente contra la del pequeño, casi puedo oír lo que esos ojos le gritan a su propio hijo: TE ODIOOO!!!
Estuvo a punto de soltarle una buena bofetada, nada hacía más evidente lo lejos que estaba ese niño de ser un hijo deseado y amado.
De pronto regresa por su panfleto el repartidor, ella lo devuelve disfrutando salirse con la suya y haber triunfado sobre el niño. El padre se acerca y ella voltea a verlo cambiando totalmente el rostro, mientras ella se sabe observada por su compañero, cambian sus facciones e hipócritamente las suaviza, a sus espaldas regresa el odio al niño.
El señor toma asiento en el lugar que ocupaba el menor y lo lleva a sus piernas, trata de consolarlo y besa la cabecita de aquel niño desarreglado y sucio de piel morena, al que los pasajeros miran con indiferencia y hasta con cierta repulsión.
Pero es demasiado tarde, el amor, el cariño, el consuelo, la seguridad que trate de infundirle su papá, llegan cuando lo que se ha sembrado en ese pequeño corazón ha sido nada menos que odio, rencor, venganza, autodestrucción, ausencia de autoestima. El resultado: el niño al sentirse protegido y amado por el papá reacciona dándole golpes con auténtico coraje, desquitándose y diciendo NO.
Suena el timbre del vagón, debo descender me apresuro a la puerta y cuando camino por el andén, entre la gente veo que los demás pasajeros voltean animados y muy enternecidos, se sonríen: un pequeño de 3 ó 4 años muy coquetamente saluda a cual se le ponga enfrene, piel blanca, perfectamente limpio y bien vestido, lleno de alegría y autoestima, con su manita y una sonrisa angelical dice “hola, hola” Su madre no cabe en sí de tan orgullosa al ver que todos admiran a su pequeñuelo, se deshace en mimos hacia él.
Entre la multitud suena de pronto un chillido que ya me es familiar, busco y justamente al lado del niño angelical, iba caminando la otra familia, sin embargo, todos a su paso observaban al niño lindo y bañadito, estoy casi seguro que recordarán esa agradable sonrisa.
Sigo mi paso, entiendo por qué me toco presenciar esa escena, me cae el veinte: hay mucho por hacer, gran parte de ello nos corresponde directamente a nosotros como futuros profesionales de la formación, pero la mayor parte nos toca en lo individual a cada uno por el solo hecho de ser miembros de una cultura socializante, en el día a día, como seres humanos cuyo deber es transmitir a otros la noble tarea de convertirnos en seres más HUMANIZADOS.
No sé por qué, pero no puedo dejar de recordar a esa carita mugrosa llena de lágrimas negras.
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